MEGA-PLANTA FOTOVOLTAICA EN EL VALLE DE ALCUDIA. CONVIRTIENDO UNA OPORTUNIDAD EN UN RIESGO.

El anuncio de la posible construcción de una mega-planta fotovoltaica de más de 1.600 hectáreas en un entorno tan singular como es el Valle de Alcudia (Ciudad Real) me deja consternado y no hace sino constatar lo que venimos advirtiendo: la avidez de los grandes grupos empresariales y fondos de inversión por invertir en electricidad renovable en nuestro país, junto con la asfixiante necesidad de ingresos de nuestros municipios ha generado una mezcla perversa que está dando como resultado que grandes extensiones de terreno, en muchas ocasiones de gran valor natural queden convertidas en un paisaje artificial durante décadas.

Las previsiones del gobierno de introducir 3.000 Mw de electricidad renovable anuales y el bajo precio de los paneles fotovoltaicos (y, por tanto, el bajo precio de la electricidad producido por estos, pues los costes de producción son mínimos) han lanzado a las empresas a una carrera por introducirse en este sector. Lo malo es que, con el afán de abaratar costes al máximo y crecer lo más rápido posible, la vía que están utilizando muchas de ellas es proyectar mega-plantas que ya han dejado muy pequeñas a las plantas de tamaño récord de hace una década, siendo ahora de varios centenares de hectáreas, que suponen una pérdida terrible del paisaje y una barrera infranqueable para la fauna y flora. En definitiva un cambio tan excesivo que lo hace incompatible con el entorno natural.

Por otro lado, las plantas fotovoltaicas suponen una suculenta fuente de ingresos para los municipios, los cuales, como sabemos, cuentan con las tasas por obras, el IBI o el IAE como unas de las pocas maneras de recaudar de que disponen. Si en vez de plantas más pequeñas, en el municipio de turno se proyecta una de estas mega-plantas miel sobre hojuelas, en la misma legislatura se ingresan unas millonarias tasas por obras con las que muchos de estos municipios (en su mayoría pequeños) sanean sus cuentas de un plumazo. Punto para el regidor de turno de manera más fácil y rápida.

La avidez por invertir en fotovoltaica buscando sólo la rentabilidad de los inversores junto con la posibilidad de sanear las cuentas municipales de un plumazo catalizan el proceso de construcción de mega-plantas fotovoltaicas.

Este voraz apetito por los beneficios de las empresas y el cortoplacismo de los gobernantes me temo que no es lo que resulte más rentable para nuestra sociedad en el largo plazo. Me atrevería a decir que ni siquiera en el medio plazo.

Y es que creo que aún no entendemos lo que realmente significa «transición ecológica». Como venimos advirtiendo en nuestro blog muchas empresas creen que la transición energética es simplemente cambiar las energías fósiles por las renovables. Pero no es así. La verdadera transición supone una manera diferente de hacer las cosas, y mucho me temo que arrasar con 400, 600 ó 1.000 hectáreas de un entorno natural tiene más que ver con la manera de hacer antes las cosas, con el homo saqueador.

La «transición ecológica» supone acabar con el modelo de saqueo.

Precisamente es la energía fotovoltaica la que pone más al alcance de cualquiera la producción de electricidad, bien sea para autoconsumo como para producción en pequeñas plantas. La manera lógica y sostenible de desarrollar esta energía, y como se está haciendo de forma mayoritaria en los países más avanzados, es instalándola en los tejados de viviendas, naves industriales, centros comerciales, hospitales, instalaciones deportivas, parkings, etc.

Esta manera de desarrollar la producción fotovoltaica no sólo es más sostenible ambientalmente sino que genera más riqueza a medio y largo plazo para la población por cuanto que al estar más dispersa la instalación se requiere de más mano de obra tanto en su construcción como en su mantenimiento. Por sus características, además, la mayoría las instalarían y/o mantendrían empresas locales, las cuales dispondrían de trabajo para varias décadas.

Las mega-plantas ocupan a un número inferior de trabajadores por unidad de potencia instalada y además suelen ser trabajadores no locales. El mantenimiento por supuesto requiere de menos personal también, este es un punto básico por el que se promueven las mega-plantas.

La pérdida del entorno natural es algo que perdemos todos, pero pierden más aún quienes se dedican a cultivar, pastorear o al turismo en esas zonas, sector este último con un gran potencial, en crecimiento o aún por explotar en muchas comarcas de nuestro territorio. Se habla mucho del puñado de empleos que deja la planta tras su construcción pero poco o nada de los empleos que destruye o de los que hace imposible crear.

La fotovoltaica es una oportunidad de crear riqueza sostenible, las mega-plantas no sólo no son sostenibles, sino que crean menos riqueza.

No obstante, hay sitio para crear plantas fotovoltaicas centralizadas. Si estas plantas se  construyeran con un tamaño más asumible por la naturaleza el impacto sería infinitamente menor y compatible con otros usos. No es lo mismo construir de manera dispersa plantas medianas, de 10 hectáreas por ejemplo (suficiente para una potencia de 5 Mw cada una) que juntar todas en el mismo lugar.

En definitiva, nos queda mucho por entender lo que es una TRANSICIÓN REAL, EFICAZ Y JUSTA. Las mega-plantas fotovoltaicas suponen convertir una oportunidad (la de crear riqueza local con energía limpia) en un riesgo (el de destruir un entorno, paralizar las posibilidades locales y crear menos riqueza) por décadas.

Os invitamos a firmar aquí una petición contra la mega-planta que se pretende construir en el Valle de Alcudia, un entorno de altísimo valor natural e histórico y a encontrar más información sobre este y otros ejemplos.

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