LAS PISTAS QUE NOS DEJA EL CORONAVIRUS SOBRE LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA.

Como no podía ser de otra manera, los Homo Consciens estamos afrontando el desafío del COVID-19 de manera solidaria y responsable, conscientes de que unidos, con base en la ciencia y con el apoyo de las nuevas tecnologías de la comunicación podremos resolver de la mejor manera esta crisis vírica. Es una situación a la par grave y emocionante, una experiencia que bien podría cambiar nuestra percepción como especie y sobre nuestro sistema. La respuesta de gobiernos y población, así como sus consecuencias nos están aportando muchos datos para el análisis en múltiples ámbitos. Intentaremos estudiarlos todos pero comenzaremos por los que afectan a nuestro Medio Ambiente y nuestro sistema energético.

Aprovechando que una muy buena opción para sacar partido de la reclusión en nuestros hogares es la lectura, me voy a permitir escribir este post algo más extenso de lo habitual para poder tratar en mayor profundidad las muchas pistas que nos está dejando esta crisis vírica sobre el sistema económico mundial que “disfrutamos” y el potencial de la transición energética. Aprendamos algo de ellas.

La crisis vírica podría marcar un punto de inflexión en la percepción como especie y sobre nuestro sistema.

La primera pista nos la daba la NASA: tras unos días de reducción de la actividad por la cuarentena decretada por las autoridades chinas en la región de Hubei, cuya capital es Wuhan, la concentración de NO2 ha descendido de manera muy notoria y absolutamente inédita en todo el noreste de China, una zona de unos 1.000 Km. de diámetro, o sea, del tamaño de la península ibérica.

Este dato da que pensar en dos sentidos. El primero, que pone en jaque a aquellos que subestiman la capacidad de la actividad humana para cambiar la composición de la atmósfera. Puede que nuestro planeta nos parezca enorme, pero nuestra atmósfera en realidad es una fina capa en comparación con el radio de la parte sólida de la Tierra. La superpoblación de nuestra especie unida al alto nivel de industrialización basada en el uso de técnicas sucias hacen el resto.

En este primer punto no nos pararemos mucho por estar ya descontado para la mayoría de la población, pero el segundo tiene más trascendencia. Y es que la rapidez con que se han reducido los niveles de NO2 (y como veremos con el tiempo otros gases y productos de desecho) tras el descenso de la actividad industrial podría dar alas a teorías como las de la economía sostenida (esto es, sin crecimiento), la del decrecimiento o la del movimiento slow, por ejemplo, como solución a la degradación de nuestra atmósfera o a los desajustes de nuestro clima. Y es que resulta evidente que una reducción de nuestra actividad de este calado podría permitir a la naturaleza restablecer sus niveles naturales y regular el clima. No obstante las consecuencias sobre la economía y el empleo tendrían unas dimensiones incalculables y podrían incluso poner en peligro una verdadera transición por cuanto que la economía no tendría músculo para afrontar el cambio de tecnología. Correríamos el riesgo de quedarnos atrapados en la tecnología sucia actual o de realizar el cambio de manera tan lenta que tuviéramos que esperar muchas décadas para tener el nivel de desarrollo del que disfrutamos ahora.

Entonces, ¿no es buena la opción de reducir nuestra actividad?. Sí pero no. Me explico: sí porque la asunción de determinados pequeños cambios (como por ejemplo usar menos el vehículo privado) puede ayudar mucho a reducir de manera inmediata nuestras emisiones de gases de efecto invernadero y otros gases nocivos y por tanto a conseguir nuestro objetivo antes, pero no debemos llevarlo al extremo porque estrangularíamos la economía. ¿Qué modelo de desarrollo deberíamos adoptar entonces?. Desde Homo Consciens proponemos el Modelo de los Costes Reales.

El descenso de los niveles de contaminación atmosférica reavivará modelos alternativos de desarrollo, pero algunos podrían anclarnos en la tecnología actual o ralentizar el cambio.

Por costes reales entendemos que no se externaliza ningún coste de ningún producto o servicio. Para entender qué es externalizar costes pondremos el caso de los plásticos. Imaginemos que antes de lanzar al mercado el primer producto fabricado en plástico se lo dan a analizar a un científico. El científico, analizando que los plásticos son largas cadenas de hidrocarburos entrelazadas determina que no es biodegradable, pero sí fragmentable y tras calcular su densidad determina que flota y que puede ser incluso arrastrado por el viento. Poco tiempo le hará falta para concluir que, considerando que la población no contaba con ningún tipo de información al respecto y que, no obstante, sería imposible tener un sistema de gestión perfecto tras su uso, una buena parte de la producción acabaría en vertederos donde permanecerían durante siglos o incluso en el mar y se introduciría en nuestra alimentación a través de los peces, suponiendo un riesgo grave para la salud, y que el problema sería tanto más grave como grande fuera la producción de los plásticos. Sin embargo la realidad es que los plásticos siempre han sido muy baratos, los fabricantes de plástico han externalizado los costes reales de su producto.

¿Qué hubiese sucedido sí los plásticos hubieran tenido desde siempre su coste real? Un producto tan difícil de gestionar y con consecuencias tan graves tendría un coste elevadísimo, apenas se vendería. Por tanto sus productores investigarían para producir otros que no tuvieran un coste de gestión tan elevado o fuera nulo y, por supuesto,  dedicarían una parte del importe de venta a gestionarlo tras su uso. Fin del problema.

El modelo productivo de toda nuestra era industrial ha externalizado grandes costes, en especial los asociados a la repercusión en el Medio Ambiente y la salud de las personas. Uno de los sectores con más externalización de costes ha sido el energético, los cuales por el tamaño de este sector y efectos sobre el planeta han resultado ser enormes.

Este ha sido un modelo profundamente injusto, porque quienes más disfrutaban de los avances del desarrollo han cargado más costes sobre los demás. Y hablamos tanto de personas como de países.

El Modelo de Desarrollo de Costes Reales es justo. Pero además no precisa de una concepción totalitaria y guiada del desarrollo, no haría falta poner restricciones al consumo, el propio mercado se modifica de forma natural para ser eficiente y el precio del producto aportaría el valor para que su efecto sobre los demás fuera nulo. Pongamos un ejemplo: hoy en día los viajes en avión siguen incurriendo en una gran externalización de costes. El consumo de combustible, y por tanto la emisión de los gases de efecto invernadero asociados al transporte en avión, son muy elevados, de media el doble que con un vehículo privado y unas 20 veces más que en tren eléctrico (convencional).  Por supuesto el precio del combustible usado no incluye una parte para internalizar este coste, pero es que además en el caso del transporte aéreo incluso está primado. Otro coste externalizado son los efectos sobre la contaminación (y por tanto sobre la salud) en las ciudades de salida y destino. ¿Qué pasaría si realmente aplicáramos los costes reales a los viajes en avión? Claramente su uso descendería (pero no por imposición) en beneficio de otras opciones donde incluso internalizando todos los costes su precio fuera mucho más asumible (como el tren eléctrico o el uso de hidrógeno en la aviación), sectores que crecerían y absorberían el empleo destruido. Una opción para hacer este proceso más ágil y eficiente es crear un impuesto al CO2 (y a otros efectos externalizados) y devolver esos ingresos a la sociedad para modificar nuestro modelo de desarrollo de forma justa y poco traumática.

¿Supondrá esto realmente una merma en nuestro nivel del consumo? No lo sabemos. Por la experiencia que tengo tras leer diferentes libros sobre economía o energía escritos en épocas pasadas y que pretendían anticiparse a lo que ocurriría en el futuro, ni siquiera los mejores expertos mundiales aciertan. Cualquier pequeña modificación en una variable lo cambia todo. No sé cómo estaremos en el futuro pero sí sé que si nuestro nivel de consumo afecta a otras personas o al planeta es injusto y que el modelo de costes reales pone las cosas en su sitio.

Toda la era industrial ha mantenido un injusto sistema de externalización de costes. El Modelo de Costes Reales repara esa injusticia y ayuda a la transición hacia tecnologías limpias.

Otra consecuencia de este crisis del COVID-19 y que constituye la segunda pista es el extraordinario descenso del precio del petróleo. La previsible falta de demanda de carburantes ha precipitado los precios del crudo y esto tiene y tendrá consecuencias a diferentes niveles.

Veamos primero las causas. Ante la ralentización de la economía es normal que las materias primas y productos reduzcan su precio al disminuir las expectativas de venta, pero ¿por qué un descenso tan abultado? ¿por qué el petróleo sufre tantos vaivenes en su cotización? ¿cómo es posible que en dos décadas lo hayamos podido ver subir desde los 25$ en 2003 a más de 130$ en 2008, mantenerse en la horquilla de los 50-70$ y bajar de nuevo casi 20 años después a entorno de los 30$?. Por supuesto hay muchas variables a tener en cuenta y esta respuesta merece un amplio estudio, pero hay una particularidad que propicia este comportamiento: el petróleo es un bien especulativo. Su precio no se basa en el coste que tiene para el que lo extrae sino el precio que está dispuesto a pagar el que lo consume. Como, además, lo poseen sólo unas cuantas naciones y supone la materia prima más necesaria de nuestro sistema productivo el precio suele estar inflado.

Esto debe cuestionarnos profundamente, sobre todo a los ciudadanos de países importadores de petróleo, sobre la irracionalidad de mantener un sistema que se basa en el consumo y la competitividad pero se basa en una materia prima monopolizada. La paradoja llega a tal punto que los países que más disponen de este recurso tienen la desfachatez de aliarse en un monopolio (la OPEP) de manera clara y pública…sin comentarios. Los más permisivos nos excusarán con el argumento que no hemos podido cambiar el modelo antes. No entraremos en si se ha podido hacer antes o no, pero lo que está claro es que sí que podemos cambiarlo ahora. Acabemos con el monopolio del petróleo. Eso sí, no incurramos en otros monopolios (como el eléctrico o el litio), las energías renovables nos lo posibilitan.

EL petróleo es un bien especulativo y monopolizado. Las energías renovables y otras nuevas tecnologías nos permiten acabar con los monopolios.

Por otro lado, quisiera que sacáramos concusiones de las consecuencias que el descenso tan severo que ha sufrido el precio del crudo tendrá sobre el fracking y, sobre todo, por qué. El fracking, como sabemos, es una técnica que permite extraer del subsuelo petróleo y gas “no convencional”. Muchos somos los que pensamos que se trata de una medida desesperada por mantener el sistema petrocéntrico y que no es rentable ni económica ni medioambientalmente. En este post nos centraremos en sus problemas de rentabilidad económica, por los datos tan directos que nos proporciona este último acontecimiento. Lo primero a tener en cuenta es que el fracking sólo puede competir en un mercado con precios del petróleo y gas altos. No sólo sus costes de extracción son superiores sino que los volúmenes extraídos por pozo son inferiores. Las plantas de fracking tendrán que parar la producción si no quieren vender por debajo de sus costes. Pero hay otra arista de este aspecto económico que analizar: el mayor sistema de producción mediante fracking, el de norteamericano, se ha creado bajo ayudas financieras promovidas por el gobierno. La idea es sencilla: si el mayor consumidor de petróleo del mundo se convierte en uno de los mayores productores (y lo han conseguido) los precios del petróleo tanto nacional como externo serían estables y dentro de una horquilla de precios media-baja. Los dólares ahorrados en cada uno de los miles de millones de barriles comprados por los norteamericanos así como conseguir una economía mundial dinámica gracias a un combustible algo más barato compensaba el esfuerzo financiero. Pero, ¿qué sucederá ante una previsible y prolongada disminucióndel consumo de petróleo a nivel mundial y en un ambiente de guerrade precios a la baja? La burbuja financiera del fracking reventará y este sector acabará destruido, corroborando, de hecho, que es una medida desesperada y no rentable mantenida de manera artificial e interesada.

EL fracking se ha mantenido financiado de manera artificial y sólo puede sobrevivir con niveles de precios medios, lo cual confirma que es una medida desesperada por mantener los niveles de producción de crudo y gas que de otra manera ya habrían descendido.

Como siempre, pero en este caso debido a la extensión y variedad de temas tratado con más razón, agradeceremos todas vuestras dudas y aportaciones en “comentarios”.

Ánimo, saldremos reforzados de esta crisis vírica y sin duda nos ayudará a conseguir una transición real, eficaz y justa.

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